Violeta despertó temprano, pero no se levantó enseguida. El peso de la noche anterior aún la envolvía. La conversación con Leonard se repetía en su mente como una plegaria antigua: su voz, su mirada, su promesa de acompañarla incluso en su laberinto.
Y ella... ella había sentido. Había sentido demasiado.
Se incorporó, cruzó el dormitorio descalza y se detuvo frente al espejo. Ya no se reconocía del todo. No era la misma que temía a cada sombra. Pero tampoco era la mujer libre que deseaba ser. A