La lluvia comenzó a golpear los ventanales del torreón como si el cielo mismo protestara por lo que estaba a punto de ocurrir. La noche había caído con un espesor inusual, como si el mundo hubiese decidido cerrar los ojos mientras algo oscuro se gestaba entre las sombras del palacio. El viento aullaba con fuerza, doblando las ramas de los árboles en el jardín real, y el murmullo constante del agua cayendo sobre los tejados se sentía como una letanía sin fin, un presagio imposible de ignorar.
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