El amanecer cayó sobre el palacio de Theros como un golpe de realidad demasiado temprano. Los muros, siempre imponentes, parecían ahora fríos mausoleos que guardaban el eco de una muerte silenciada. Nadie dormía. Nadie sonreía. El aire olía a sangre, a escándalo, a conspiración.
La noticia de la muerte de Elian se esparció antes de que el sol estuviera del todo alto. Lo encontraron a los pies de Lady Violeta Lancaster, cuya ropa estaba empapada en su sangre. La historia se torció, se repitió, s