La noche cayó como una manta espesa sobre los tejados del palacio, y con ella, la silueta encapuchada de Violeta se deslizó entre sombras y columnas. La capa gris sin escudo la protegía de miradas curiosas, y el calzado suave amortiguaba cada paso sobre las losas frías del ala norte. Nadie debía verla. Nadie debía saber que la dama Lancaster, heredera de una de las casas más antiguas del reino, descendía a las entrañas de la conspiración.
La torre del halcón no se usaba desde hacía años. Al men