El silencio en los aposentos del príncipe era espeso, quebrado solo por el crepitar de las lámparas de aceite y el tenue soplido del viento contra las ventanas cerradas. Lady Violeta Lancaster se encontraba sentada junto a su cama, con el corazón aún latiendo fuerte por la tensión de los días anteriores. Sus manos sostenían con delicadeza un paño de lino humedecido en agua fría que escurría con precisión sobre el tazón de porcelana. La fiebre de Leonard no cedía por completo, pero la temperatur