La noche aún cubría el cielo como un velo espeso y profundo cuando Emma —en el cuerpo de Lady Violeta Lancaster— sintió que algo la despegaba lentamente del sueño. No fue un ruido. No fue el amanecer. Fue una sensación. Un murmullo cálido y sutil que se coló por su oído, rozando apenas la piel, tan leve como un susurro que no se dijo en voz alta.
Respiración.
No la suya. Otra. Masculina, cercana. Inquietantemente cercana.
Su ceño se frunció en la penumbra antes de que siquiera abriera los ojos.