El sol apenas se asomaba por los ventanales altos del ala norte cuando Lady Violeta Lancaster se sentó en su tocador. Tenía las manos cruzadas sobre su regazo, apretadas, frías, inmóviles. Su respiración era pausada, pero solo porque se obligaba a mantenerla así. En su pecho, sin embargo, todo era un torbellino de emociones que no lograba comprender, y mucho menos dominar.
La noche anterior no había sido una simple guardia médica. No, no podía llamarla así. Emma —porque seguía siendo Emma atrap