La brisa de la tarde se filtraba por los amplios ventanales del ala este del palacio, trayendo consigo el aroma de los ciruelos en flor. A pesar de la belleza exterior, en el corazón del palacio real reinaba el caos disfrazado de orden. Los pasos de los médicos se cruzaban en silencio, las doncellas susurraban con rostros demacrados y los caballeros fingían compostura ante la inminente posibilidad de perder al heredero del trono.
El príncipe Leonard de Theros no solo yacía en su lecho enfermo.