La fiebre no cedía, implacable como una maldición que ningún remedio podía quebrar: ni los brebajes de raíz amarga preparados por el sanador mayor, cuya experiencia no alcanzaba para explicar el ardor que devoraba su cuerpo desde dentro; ni las plegarias susurradas día y noche por los clérigos que velaban en las sombras del templo real, convencidos de que la voluntad divina aún podía interceder; ni las vendas húmedas que, una tras otra, se renovaban con desesperación en un intento inútil por ro