La tarde seguía cayendo sobre Theros con una melancolía grisácea, como si los muros del palacio respiraran el mismo aire de tensión que se había instalado en los corazones de sus habitantes. Pero esa calma mortecina fue cortada nuevamente, no por gritos esta vez, sino por los pasos decididos de la Duquesa Eloise Lancaster.
Los pasillos se abrían a su paso. Las miradas de los sirvientes, de los guardias, e incluso de los nobles, se apartaban en cuanto sentían su presencia. Aquella mujer no neces