El alba se alzaba tímida sobre los muros de Theros, bañando el reino con una luz grisácea, casi desganada, como si el propio cielo dudara en ofrecerle a esa jornada el don de un nuevo comienzo.
Lady Violeta Lancaster había pasado la noche en vigilia. Aun cuando el médico le aseguró que estaba fuera de peligro, no había vuelto a cerrar los ojos desde que despertó con la certeza de que alguien quería verla muerta. Ni siquiera el abrazo firme de Kael D’Arvent —esa inesperada fuente de consuelo y s