El día se alargaba en el horizonte, bañando el reino de Theros con una luz dorada, casi etérea, que parecía derretirse sobre los mármoles brillantes del palacio. Afuera, en los márgenes de la ciudadela, las sombras se alargaban entre callejones estrechos y puentes de piedra, donde la vigilancia se hacía más estricta debido a rumores persistentes: ladrones merodeaban por los alrededores, buscando cualquier debilidad para infiltrarse. Pero aunque el peligro parecía latente en los bordes del reino