Emma caminaba de un lado a otro dentro del apartamento. Habían pasado varias horas desde que Leonard había salido y su corazón palpitaba con fuerza, incapaz de encontrar calma. El reloj en la pared parecía avanzar con crueldad, cada segundo marcaba un compás de su impaciencia. Las luces de la ciudad se colaban por la ventana, bañando la sala en un resplandor frío que no lograba apaciguar la inquietud que la consumía.
De pronto, el sonido del ascensor rompiendo el silencio le arrancó un suspiro.