La tarde neoyorquina caía sobre los ventanales de la editorial, tiñendo de oro y carmesí las oficinas que, hasta hacía unos minutos, habían sido escenario de un inesperado terremoto. Emma Valmont había salido con paso firme, su silueta elegante perdiéndose entre el murmullo de las secretarias y el golpeteo de los teclados. Había dejado tras de sí un vacío, una renuncia incomprensible para todos. Pero no para una sola persona: Victoria de Siberia, quien en realidad era Lady Violeta Lancaster, oc