El auto se detuvo frente a un majestuoso edificio en el corazón de Nueva York. Emma tomó aire, ajustando con suavidad la caída de su vestido esmeralda que brillaba bajo las luces de la ciudad, mientras Leonard, con el porte impecable de su traje de príncipe de Theros, descendía primero y le ofrecía la mano con un gesto solemne. Desde afuera, el lugar parecía una galería común, pero apenas cruzaron el umbral, ambos quedaron sin palabras.
Todo, absolutamente todo, estaba diseñado como si hubiesen