Los aplausos resonaban con fuerza en el salón principal, vibrando entre las columnas doradas y las lámparas de cristal que derramaban un resplandor cálido sobre los invitados. Victoria de Siberia descendió con elegancia del escenario, su vestido color marfil ondeando a cada paso como si danzara con el aire mismo. Su sonrisa era impecable, de esas que conquistaban sin esfuerzo, pero detrás de la perfección de su rostro se ocultaba algo que nadie en aquel salón parecía percibir: una determinación