El reloj del restaurante marcaba ya más allá de las tres de la tarde cuando Emma y Leonard se levantaron de la mesa. Habían compartido risas, miradas furtivas y planes a futuro, pero el correo del evento de Lady Violeta Lancaster seguía latiendo en la mente de Emma como un tambor incesante. Al salir, el aire fresco de la ciudad los envolvió, y Leonard, siempre atento, le ofreció su brazo.
—Vamos a casa —murmuró con esa calma que lo distinguía—. Allí podremos pensar con claridad.
El trayecto en