La tarde caía lentamente y la luz dorada del sol se colaba por las ventanas del taller improvisado de Emma. Sobre la mesa reposaban rollos de tela satinada, agujas, cintas y bocetos a medio terminar. Leonard observaba cada movimiento con una mezcla de intriga y nostalgia, como si aquella escena le devolviera un pedazo de su mundo perdido.
—Nunca pensé que trabajarías en algo así —murmuró él, acariciando con la yema de sus dedos una de las telas que Emma había desplegado.
Emma, con una leve sonrisa, levantó la mirada hacia él.
—Quiero hacerlo bien, Leonard. No es cualquier vestido… es un homenaje. Dijiste que la reina Isolde, tu madre, tenía un favorito, ¿verdad?
Los ojos de Leonard brillaron con un destello de emoción que trató de ocultar tras un gesto serio.
—Sí… era un vestido largo, muy largo. La tela arrastraba como si caminara sobre nubes. Tenía bordados en plata y un tono profundo, como el cielo justo antes de anochecer. Cuando ella lo usaba, todos guardaban silencio. Era imposi