El murmullo lejano de la ciudad apenas se filtraba en el salón, donde el reloj marcaba la hora del almuerzo. La mesa estaba servida con sencillez, aunque cada detalle tenía ese aire cálido y delicado que siempre distinguía a Emma. Leonard, sentado frente a ella, parecía distraído, moviendo con parsimonia el tenedor sobre el plato sin apenas probar bocado.
Emma lo observó con paciencia unos segundos, hasta que decidió romper el silencio.
—Leonard —dijo suavemente, inclinándose un poco hacia él—.