La lluvia fina golpeaba suavemente los cristales del ventanal. Lady Violeta Lancaster se encontraba sentada en un elegante sillón color marfil, con una taza de té humeante en sus manos, mientras observaba el incesante vaivén de la ciudad que jamás dormía. Bajo ella, la Quinta Avenida hervía de movimiento: taxis amarillos, luces de neón, peatones apresurados con paraguas de colores… y esa mezcla inconfundible de caos y belleza que solo Nueva York sabía ofrecer.
—Siglo XXI… —susurró, con un dejo