El amanecer entraba lentamente por la ventana del desván. Emma despertó primero, pero no quiso moverse. Observó el perfil dormido de Leonard, la forma en que su respiración, aunque tranquila, parecía cargar un peso invisible. Desde el sueño premonitorio, él había cambiado. Su mirada, antes curiosa y rebelde, ahora estaba marcada por la angustia constante. Y ella lo sabía. Theros se le estaba desmoronando en la conciencia, aunque aún no tuviera pruebas concretas.
Cuando Leonard abrió los ojos, s