Después de dejar las bolsas en el apartamento, Emma lo miró con una sonrisa traviesa mientras se acomodaba el cabello en una coleta alta. Leonard, aún procesando todo lo que había vivido ese día —el centro comercial, los ruidos de la ciudad, los automóviles como bestias furiosas—, pensó que al fin podrían descansar. Pero su paz se vio interrumpida por las palabras que ella soltó con entusiasmo.
—Ahora iremos al cine.
—¿Cine? —repitió él, con la expresión confundida de un príncipe que acababa de