La mañana se alzó en el Reino de Aldore con un cielo gris, pesado, como si el mismo firmamento sintiera la ausencia del príncipe heredero. En los corredores del palacio, el eco de pasos apresurados y murmullos angustiados se mezclaban con el repicar constante de campanas, anunciando lo inevitable: Leonard, el primogénito, el futuro rey, había desaparecido.
La Reina Madre Isolde caminaba de un lado a otro en su cámara privada, con los dedos crispados en la tela de su vestido de terciopelo azul m