Leonard no pudo dormir esa noche.
El resplandor tenue del libro seguía titilando como una estrella moribunda sobre la mesa de roble antiguo. Las palabras que ambos habían escrito, desde dos mundos distintos, parecían un puente imposible, una herida abierta en el corazón del tiempo.
Con el pulso acelerado, Leonard abrió nuevamente el libro. Sus dedos rozaron las páginas, ahora tibias, como si una presencia invisible aún estuviera allí. Las palabras “te extraño” seguían grabadas con la tinta dora