Habían pasado semanas desde aquella noche en que Emma despertó en su habitación en Nueva York, envuelta en una bruma de confusión y vacío. El reloj avanzaba como si no le importara su sufrimiento, como si las horas no supieran que su corazón estaba partido entre dos mundos. Caminaba por las calles grises, entre cafés, luces de neón, vitrinas llenas de ropa de moda… y nada, absolutamente nada, lograba devolverle la chispa en los ojos. Cada rincón de su ciudad, antes tan familiar, le parecía extr