Las noches eran cada vez más silenciosas en el castillo de Theros, no porque el viento hubiese cesado, ni porque los cuervos ya no merodearan en los aleros, sino porque el corazón del príncipe Leonard se había convertido en una prisión de sombras. Desde la pérdida de lady Violeta Lancaster, nada era igual. El palacio entero parecía contener el aliento cada vez que él pasaba, y aunque las paredes de mármol aún relucían bajo la luz de las antorchas, todo parecía marchito, como si el luto hubiera