La noche cayó con una lentitud cruel sobre el reino. Cada rincón del castillo parecía respirar tristeza. No había celebraciones, ni música, ni el bullicio habitual de las cortesanas. Incluso los criados caminaban con pasos silenciosos, casi temerosos de perturbar la atmósfera de luto que envolvía a todos como un sudario invisible.
El príncipe permanecía en los aposentos que una vez compartió con Violeta, sentado en una poltrona junto al ventanal abierto. El viento arrastraba cortinas de terciop