El sol apenas se filtraba por las vidrieras del castillo de Theros cuando el príncipe Leonard, con el rostro cubierto de ojeras y los ojos apagados por noches de insomnio, volvió a adentrarse en la antigua recámara de Lady Violeta Lancaster. No era la primera vez. Desde su muerte, cada rincón de aquella estancia se había convertido en un santuario sagrado para su dolor. Dormía allí, sentado en el diván, entre los aromas que aún conservaban sus vestidos, junto a la peinadora donde aún quedaban m