El silencio había invadido el castillo como una niebla pesada e interminable. Ni los heraldos se atrevían a dar órdenes, ni los soldados osaban entrenar en el patio como de costumbre. Incluso el viento, que solía jugar entre las torres de piedra, parecía haberse detenido, respetando el luto que caía como un sudario sobre las tierras de Valdaria.
El príncipe Alexander caminaba en soledad por los jardines internos del castillo, los mismos que ella había recorrido alguna vez riendo entre los rosal