El aire en la habitación era denso, casi irrespirable. Todo le resultaba demasiado silencioso, demasiado limpio. La ausencia de ruido, de voces, de peligro, era en sí misma un abismo. Necesitaba moverse. Hacer algo. Comprobar que el mundo real seguía girando. Que no estaba atrapada en otra capa de ficción.
Se dio una ducha larga, observando su reflejo en el espejo empañado. La mujer que la miraba tenía los mismos ojos… pero no la misma mirada. Ya no. Había envejecido en el alma, había sangrado