Una tibia brisa de verano se colaba por entre las cortinas blancas que danzaban al ritmo de un ventilador encendido en modo bajo. El sonido lejano de una ambulancia rompía de forma sutil el silencio del apartamento. El sol apenas comenzaba a colarse por los ventanales altos, marcando en la pared las sombras de los edificios neoyorquinos. Emma respiró hondo, su pecho subía y bajaba con esfuerzo, como si hubiese estado corriendo por horas, como si algo dentro de ella aún estuviera aferrándose a u