La luna aún flotaba alta cuando Leonard entró en la biblioteca oculta del ala este, esa que alguna vez Violeta convirtió en su refugio silencioso. Caminaba como un hombre poseído por sus propios pensamientos, los pasos pesados, la mirada extraviada.
Ella lo esperaba allí, de pie junto al ventanal, vestida con una túnica oscura y el cabello suelto, como si el tiempo no hubiera pasado.
—No deberías estar aquí —murmuró ella, sin girarse.
—Y sin embargo… no puedo estar en ningún otro lugar.
Leonard