La lluvia no cesaba aquella tarde, como si el cielo compartiera el dolor contenido de Lady Violeta Lancaster. En los jardines del palacio, envuelta en una capa de terciopelo azul noche, caminaba sin rumbo, sin destino, sin esperanza. Las flores comenzaban a marchitarse, tal como su corazón, y el perfume de las camelias, que antes le parecían tan vivas, hoy le resultaban ajenas, tristes, marchitas.
—¿Cómo llegué a esto? —susurró, deteniéndose frente al estanque. Su reflejo temblaba sobre el agua