La noche era extrañamente silenciosa en el castillo real.
No se oían pasos, ni susurros, ni el crujir del viento contra las ventanas. Todo parecía suspendido, como si el mundo entero estuviera conteniendo el aliento.
Violeta dormía en su cama de sábanas de lino, con el rostro vuelto hacia el ventanal. La luna, redonda y clara unas horas antes, había desaparecido. La oscuridad era tan densa que parecía sólida.
Y entonces empezó a soñar.
Pero no era un sueño cualquiera.
Era el capítulo veinte.
Es