El silencio del alba se extendía por los pasillos de palacio como un manto de terciopelo gris. Los muros, ajenos a los secretos que albergaban, parecían contener la respiración del reino. Y en medio de aquella quietud, la reina madre Isolde caminaba con determinación, sus pasos resonando con el eco seco de su resolución. Esa mañana no iba a delegar. No enviaría doncellas ni mensajeros. Ella misma hablaría con Lady Violeta Lancaster.
Violeta se encontraba en el invernadero, rodeada por la fragan