La tarde caía como un suspiro apagado sobre los ventanales del ala oeste del palacio. Lady Violeta Lancaster permanecía en pie frente a uno de ellos, sin moverse, con la vista fija en los jardines que poco a poco se apagaban bajo la luz dorada del ocaso. Pero sus ojos no veían los senderos de piedra ni las flores que temblaban con la brisa. Estaban anclados en otro tiempo, en otra pregunta. En otra herida.
—¿Qué haces hablando con ella?—. Esa pregunta no había salido de sus labios, pero martill