La noche en el palacio de Theros era densa, cargada con una quietud que no era paz, sino espera. Como si las paredes escucharan, como si cada cuadro, cada tapiz, cada rincón recordara demasiado. Violeta no había dormido bien desde su regreso. Cada madrugada la encontraba despierta, sentada frente a la ventana, con la mirada puesta en los jardines oscuros.
Esa noche no fue distinta.
Un sirviente golpeó la puerta suavemente, y al recibir permiso, entró con un sobre lacrado. El sello, esta vez, er