La mañana llegó como una sombra tenue, sin sol ni canciones de ave. En el Palacio de Theros, la atmósfera era tensa, suspendida entre la calma aparente y el rumor inminente de una tormenta. Violeta y su pequeña comitiva habían cruzado la frontera al amanecer y ahora galopaban por los caminos empedrados, con la urgencia de quien lleva una bomba sin estallar.
A su lado, Valerian se mantenía en silencio, envuelto en una capa oscura que lo hacía casi invisible. Nadie debía reconocerlo aún. Nadie de