El viaje de regreso a Theros no fue inmediato. Violeta decidió detenerse unos días en la aldea de Beryn, una comunidad pequeña y rodeada de colinas suaves donde las voces del templo aún no llegaban y los nombres no pesaban como en la capital. En ese rincón olvidado del reino, se permitió respirar sin miedo. Cada amanecer era solo un amanecer, sin símbolos, sin profecías, sin pactos.
—Podríamos irnos —sugirió Lady Cerys una tarde mientras compartían un pan caliente en la plaza del mercado—. Podr