Fernando
No recuerdo cuándo fue la última vez que alguien se arrodilló para sostenerme antes de caer. No por una maniobra médica, ni por obligación, sino por voluntad. Por instinto. Por afecto.
Pero Valeria lo hizo.
En cuanto mis piernas cedieron, cuando sentí ese tirón de impotencia atravesarme el cuerpo, fue ella quien corrió. No la terapeuta. No algún asistente. Valeria. Mi Valeria. Su voz en mi oído, su brazo sosteniéndome con más fuerza de la que parecía tener. Y su corazón, latiendo contr