Fernando
Había una diferencia abismal entre compartir una cama por impulso, y compartirla por elección. Antes, aquella vez en la clínica, todo había ocurrido como un relámpago: confusión, deseo, un beso que se desbordó, y la necesidad urgente de sentirnos vivos. Pero ahora no había apuro. No había urgencia. Estaba ella, frente a mí, y un silencio tan cómodo como aterrador entre los dos.
Valeria me esperaba en la habitación, con la cama ya dispuesta y la luz ténue encendida. Se había puesto una