Valeria
Había intentado concentrarme con mi siguiente paciente, pero era inútil. Cada movimiento que hacía, cada indicación que daba, estaba teñida por una imagen que no podía sacarme de la cabeza: Fernando, en manos de esa terapeuta.
Sabía cómo trabajaba. La conocía por nombre y reputación, y por más experiencia que tuviera, su método era uno que yo jamás compartiría: disciplina antes que empatía. Frialdad antes que compasión.
Y Fernando no estaba preparado para eso.
Cuando terminé la sesión, a