La casa estaba en silencio cuando crucé el umbral, pero la tensión ya vibraba en el ambiente. Apenas estacioné el auto, Ludovica salió sin mirarme, con ese andar orgulloso y desafiante que tenía cuando estaba furiosa. Sus tacones resonaban en el mármol del vestíbulo, y su vestido ajustado se movía como una provocación estudiada que me atormentaba. No dijo una palabra. Solo la vi correr escaleras arriba, en dirección a la habitación de Ludovica.
Le pedí a Teresa que llevara todas las compras a s