El día amaneció frío y silencioso. Nadie en el pueblo sonreía; los niños no corrían por la plaza y los adultos evitaban mirarse a los ojos. Todos sabían lo que venía: la tercera noche. Y aunque nadie lo decía en voz alta, todos temían que sería la más cruel.
Ariadna pasó la mañana en su habitación, sentada junto a la ventana. El libro descansaba sobre la mesa, cerrado, como si esperara el momento exacto para abrirse de nuevo. El amuleto colgaba sobre su pecho, apagado, sin brillo, como un coraz