Desde su regreso de Marsella, Isabella no habló una sola palabra de Claudia Moretti.
No mencionó su rostro, ni su voz, ni sus amenazas. Solo volvió al trabajo con una intensidad nueva. Una frialdad quirúrgica.
Como si cada movimiento fuera un cálculo.
—¿No vas a contarme qué pasó allá? —preguntó Dante una noche, al verla revisar documentos hasta pasadas las dos de la madrugada.
—No hay nada que contar —respondió ella, sin levantar la vista—. La vi. Me miró. Sobrevivimos ambas. Fin.
Dante se ace