La puerta detrás de mí se abrió de golpe, como si alguien la hubiese empujado con fuerza. El aire cambió, como si todo se detuviera.
Los tres se quedaron inmóviles: Daniel, sentado aún con las manos en la cabeza; Lorenzo, apoyado en el ventanal con esa sonrisa torcida; y yo, congelada.
Y entonces la vi.
La madre de Daniel.
Elegante, suave, radiante, con esa sonrisa que siempre me había hecho sentir bienvenida.
—¡Daniel, hijo! —exclamó ella avanzando apresurada, extendiendo los brazos.
Mi corazó