Jamás imaginé que una luna de miel pudiera sentirse como un segundo nacimiento, teníamos tres meses viajando, Daniel era un hombre influyente,con demasiado dinero, jamás imaginé que mi amigo. complice y médico, se convertiría en mi esposo.
Me desperté con la frente apoyada en el pecho de mi esposo, con su brazo pesado alrededor de mi cintura como si el mundo entero dependiera de mantenerme ahí. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue la ventana del hotel: completamente empañada por el frío exterior, como si la nieve estuviera tratando de entrar a saludarnos. Él se movió un poco y murmuró, aún adormilado:
—Buenos días, esposa mía.
La palabra “esposa” me erizó la piel. Todavía no me acostumbraba a escucharla. Respiré hondo, intentando ocultar la sonrisa tonta que me florecía en los labios.
—¿Dormiste bien? —pregunté, acariciándole el pecho.
—Contigo así… —se inclinó para rozar mis labios— siempre duermo bien.
Su voz profunda, cálida, me derritió por dentro. A veces me preguntaba cóm