Volví a la tienda de disfraces con los dos trajes de oso doblados sobre mis brazos. Me sentía todavía agotada por todo lo que había pasado la noche anterior. Cuando entré, la campanita de la puerta sonó y la mujer —la misma que nos había metido casi a empujones en la presentación infantil— levantó la vista y sonrió como si me hubiese estado esperando desde hacía horas.
—¡Por fin, niña! —exclamó, acercándose—. Pensé que no volverían nunca. ¿Dónde está tu compañero? ¿Ese joven tan educado?
—Está…