Íbamos caminando hacia la presentación de los osos, directos a esa pequeña tienda de disfraces donde todo había comenzado la noche anterior. Él no decía nada… y yo tampoco. Pero dentro de mí, mis labios seguían latiéndome todavía por el beso.
Dios… ese beso.
Aunque sabía de sus sentimientos, jamás pensé que cruzaríamos esa línea. Algo se rompió o se abrió entre nosotros; no sé exactamente qué, pero cambió.
Y por más que quisiera negarlo… me gustó.
Mucho más de lo que debería.
Daniel caminaba a