Me vestí para ir al trabajo con las manos temblorosas. No sabía ni siquiera qué ponerme; ninguna blusa me parecía correcta, ningún pantalón me quedaba bien, nada me hacía sentir segura. Me dolía la cabeza desde que abrí los ojos. La noche anterior había sido un martirio: no dormí ni una sola hora seguida, me la pasé cambiando de posición, levantándome a ver si la niña respiraba, escuchando cada sonido como si fuera una amenaza.
Daniel se había quedado en nuestra casa, sentado en el sofá, sin pe